Mercedes Herranz Arcones <cyberantorcha@mixmail.com>
Entre esas mismas teorías hay que añadir la que considera a los Estados Unidos como la única superpotencia hegemónica, sin tomar en consideración que por más que los Estados Unidos sean la potencia más fuerte, existen otras potencias (fundamentalmente Alemania y Japón) que no se someten a su dictado y le pretenden arrebatar su hegemonía. El imperialismo actual, a diferencia de otros imperialismos de épocas anteriores, se caracteriza precisamente porque no existe el dominio indiscutido de ninguna superpotencia en solitario, sino que varias de ellas rivalizaban por la supremacía. Los pueblos y naciones oprimidas de todo el mundo, en sus luchas, no encuentran solamente al imperialismo de los Estados Unidos, sino también a las otras potencias.
Si hay alguien que piense de otra forma, considerando que la hegemonía estadounidense carece de rival en la actualidad, deberá concluir afirmando que hemos superado la etapa imperialista y que hemos entrado en otra fase nueva, distinta. Eso no es en absoluto cierto y seguir esas tesis puede llevarnos a cometer graves errores.
No cabe la menor duda de que el desarrollo capitalista mundial marcha hacia un consorcio mundial único que absorberá todas las empresas sin excepción y todos los Estados sin excepción. Pero el desarrollo marcha hacia eso en tales condiciones, a tal ritmo y con tales contradicciones, conflictos y conmociones -en modo alguno solamente económicas, sino también políticas, nacionales, etc.- que antes, sin falta de que se llegue a un solo conglomerado, a una agrupación de los capitales financieros nacionales, el sistema mundial deberá reventar.
Parece que la lucha de los capitales financieros nacionales entre sí es hoy sustituida por las alianzas y los acuerdos para la explotación común de todo el mundo por el capital financiero unido a escala internacional. Según eso, una de las contradicciones básicas del imperialismo ha desaparecido en la actualidad: de la rivalidad se ha pasado al acuerdo.
Hoy día también es errónea la concepción del imperialismo como una pirámide, en cuya cúpula se asientan omnímodamente los Estados Unidos como potencia hegemónica, y a cuyo dictado se someten todos los demás Estados. La principal característica moderna es la competencia de imperios rivales. Eso es lo verdaderamente novedoso frente a las épocas anteriores caracterizadas por la hegemonía absoluta de una única potencia.
El sistema imperialista mundial no es un bloque homogéneo sino que exacerba sus contradicciones internas. No se puede analizar desde la perspectiva de una sola superpotencia hegemónica, ni desde ninguno de los aspectos concretos (militares, financieros) con que en la actualidad lo suelen contemplar, porque significa olvidar tres factores que Lenin tomaba en consideración: la ley del desarrollo desigual, la de los eslabones débiles de la cadena y las contradicciones internas entre las grandes potencias.
Esto no quiere decir que no hayan surgido fenómenos nuevos, como la mayor internacionalización de las fuerzas productivas, los fabulsos flujos internacionales de capital, la tendencia de las potencias al establecimiento de alianzas más duraderas que en otras épocas, etc. La creciente integración, concretada en acuerdos como la Unión Europea, la OTAN, el FMI, la OMC, el Banco Mundial, etc., es una realidad que debemos tener muy en cuenta.
Esos organismos internacionales que controlan y refuerzan las exportaciones de capital han introducido normas de "consenso" que suavizan aparentemente los choques entre las grandes potencias. También garantizan protección a los capitales internacionales, para evitar la intromisión unilateral de una de las potencias en perjuicio de las demás. Otro de los principios que tratan de establecer esas organizaciones internacionales es el de la igualdad, ofreciendo las mismas oportunidades a todos los monopolistas, independientemente de su país de origen y tratando de evitar la creación de regiones económicas sujetas a la exclusividad de ninguna potencia. Finalmente otra de las funciones esenciales que han impuesto ha sido la reducción de la protección arancelaria, lo que ha provocado una fuerte expansión del comercio internacional y de los flujos de capitales.
No cabe duda de que la integración es el resultado de un aumento gigantesco del grado de concentración de la producción y del desarrollo de las fuerzas productivas que ha traído consigo la revolución científico- técnica, así como de la necesidad de encontrar unas condiciones óptimas para las gigantescas inversiones de capital de los monopolistas más fuertes.
También es cierto que hoy la intervención del Estado ya no es la misma. Antiguamente la mayor parte de las exportaciones de capital eran préstamos, que si bien provenían de empresas privadas, el Estado aparecía directamente como prestamista frente al exterior. Hoy los capitales privados se mueven por sí mismos amparados en la práctica eliminación de las barreras arancelarias. Pero no ha desaparecido la intervención del Estado, ni siquiera puede decirse que haya disminuido: sólo ha cambiado su forma, porque no circula ni un solo dólar por el mundo sin el amparo de una bayoneta. La omnipresencia del dólar en todo el mundo es correlativa a la presencia militar americana por doquier, y durará lo mismo que ella.
Pero sobre todo cabe decir que hoy el proteccionismo y la autarquía se han transformado en su contrario. Las grandes potencias promueven la llegada de capitales extranjeros saneando los balances públicos: déficit cero, balanza de pagos equilibrada, reducción de impuestos e incluso subvenciones. Hoy la intervención del Estado en la competencia imperialista no es a través de los aranceles, pero sigue existiendo, incluso con más fuerza que antes en la política fiscal, la política monetaria, etc.
Sin embargo, continua siendo cierto que la economía está sometida a la ley del desarrollo desigual, de modo que las empresas, los sectores industriales y los países no evolucionan uniformemente sino a saltos. Mientras unos avanzan rápidamente, otros entran en crisis, por lo que los acuerdos no se pueden mantener indefinidamente; se rompen y se plantea un nuevo reparto. Ese reparto, finalmente, sólo se puede resolver por la fuerza, por las armas, por la guerra. Bajo el capitalismo no se concibe otro fundamento para el reparto de las esferas de influencia, de los intereses, de las colonias, etc., que la fuerza económica general, financiera, militar, etc.
El imperialismo pretende un reparto del mundo cuando el mundo ya está repartido. Por eso resulta absurdo hablar de "mundialización" sin tener en cuenta el fraccionamiento y la regionalización, que son las tendencias realmente significativas. Hoy ya no hay áreas a las que el capitalismo no alcance; no hay regiones vírgenes a las que poder expandirse y, por eso, los países más adelantados también son codiciados por los demás Estados poderosos. Es la guerra de todos contra todos.
Pero tampoco el militarismo puede aislarse de las demás facetas imperialistas. Sin duda es una de las principales características del imperialismo en general y del imperialismo de los Estados Unidos en particular. Sin embargo, la potencia militar, la fabricación y utilización de las armas, incluso las de alta tecnología, dependen siempre del potencial económico y de otros factores sociales y no deben, por consiguiente, ser absolutizados.
No se puede hablar de integración si no se alude a su opuesto, la desintegración, que es la tendencia principal y más importante hoy, la que marca el verdadero sentido de los acontecimientos mundiales.
En un mundo ya repartido, nuevos repartos sólo son posibles cuando la correlación de fuerzas cambia. Naturalmente que los Estados y las grandes empresas se ponen de acuerdo para suavizar la competencia y evitar que sus luchas intestinas degeneren en conflictos y guerras. Es lo que sucedió tras la Segunda Guerra Mundial con Bretton Woods y la formación de todas las instituciones financieras internacionales (Banco Mundial, Fondo Monetario Inetnacional, etc.). Pero esos acuerdos sólo pueden ser transitorios; el acuerdo no excluye el conflicto cuando la correlación de fuerzas cambia. Y no cabe duda de que esa correlación se altera continuamente. Por eso los acuerdos de Bretton Woods desaparecieron en 1973, con la crisis del dólar.
La creciente integración económica, política y militar de los diferentes Estados no supone la eliminación del desarrollo desigual inherente al capitalismo ni la desaparición de las contradicciones internas. En realidad, no es más que una nueva forma de lucha y reparto de mercados y áreas de influencia, como se pone de manifiesto, por ejemplo, en las diferencias surgidas a cada paso en la Unión Europea o la pugna entre Mercosur y ALCA.
Las relaciones entre las grandes potencias siguen teniendo ese doble carácter competidor y solidario, de rival y de aliado. Los sistemas de integración cambian en función de la correlación de fuerzas existente, pues las formas de competencias pueden cambiar y cambian constantemente en dependencia de diversas causas, relativamente particulares y temporales, en tanto que el fondo de la lucha, su contenido no puede cambiar. Los acuerdos entre imperialistas son sólo aspectos parciales que, a la vuelta de pocos años se rompen, van pasando a un segundo lugar, mientras que las luchas internas, los antagonismos, las viejas rivalidades y las disputas ocupan cada vez más un primer plano. Podemos decir que esas alianzas son siempre temporales y relativas, cambian y desaparecer, mientras que sus confrontaciones son permanentes y absolutas, no desaparecen nunca.
Además, la contradicción entre las grandes potencias ha pasado a un primer plano en la arena internacional, con el riesgo cierto de una nueva gran guerra. La trascendencia internacional de esa contradicción se ha puesto de manifiesto tras el hundimiento de la Unión Soviética y demás países del este de Europa, y su consecuencia más evidente ha sido el desplazamiento del centro de interés hacia las mismas potencias, que ya no sólo se disputan áreas de influencia ajenas, sino que ellas mismas son el objeto de la disputa.
Todo esto ha desplazado el centro de gravedad de las tensiones, desde otras regiones del globo, al este de Europa, en una franja que va desde los Balcanes hasta China, pasando por Turquía, Rusia y el Cáucaso.
Lejos de poner de manifiesto sus acuerdos internos, debemos subrayar el creciente antagonismo entre las grandes potencias y la guerra a donde nos conduce.
Debemos denunciar y oponernos activamente a esos planes belicistas y, en el caso de que ésta se produzca, debemos declararnos derrotistas, es decir, abogar para lograr la derrota de nuestro propio Estado si participara en ella, como parece más probable después de habernos metido en todos los conflictos desatados recientemente.
Oponernos a la guerra y, en el caso de que estalle, combatirla resueltamente desde una posición derrotista, de derrota de nuestro propio Estado, es la única posición consecuente en favor de la paz y al mismo tiempo internacionalista, la única que puede detener la máquina de la guerra puesta en funcionamiento.